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Cuentos personales 9

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-Siempre he sido distraído; ya es de noche y ni me había dado cuenta      qué hora es, ni qué día es hoy, ni cuándo es mi cumpleaños  -dijo el enano.

-Ya lo sé -contestó la enana- siempre te olvidas hasta de tus cuatro nombres, pero lo bueno es que eres el hombre más bondadoso del mundo. No sé si es por tu distracción o porque tienes el corazón de los hombres grandes que no conoce odios ni resentimientos.

 -No es para tanto -respondió el enano- claro que sé que mi nombre es..., es..., ah...,  ya sé... mi nombre es Fortunato Tomás Massi Silva. No es tan difícil, solo es cuestión de recordar el primero y los demás van apareciendo solos. Además, no soy tan bueno como tú me pintas; el otro día,  sentí envidia al ver crecer a unos niños.

 La diminuta mujer lo miraba tiernamente, parecía que le gustaba verlo en estas situaciones en donde él trataba de parecer un tipo duro y cruel.

 Se habían conocido en un circo italiano hacía ya  nueve años y desde entonces,  ellos no se habían separado ni un solo día. Ambos se querían con un amor tan puro, inocente y hasta casi infantil. Ella lo amaba tiernamente y él la amaba tanto que nunca se olvido de llamarla por su nombre.

 Un día domingo, mucha gente había ido al circo, y  el pequeño realizaba su acostumbrado acto: caminaba sobre la cuerda floja a cinco metros de  altura. Se le veía distraído, preocupado, parecía que este no era el día que él hubiera deseado.

 Cuando faltaba muy poco para finalizar su acto, perdió el equilibrio y cayó violentamente. Hubo un silencio breve que encendió cientos de voces y gritos desesperados.

 El pequeño, tirado de bruces, contó mentalmente hasta veinte y se levantó como si hubiera sido expulsado por un cañón; caminó hacía el centro del escenario y saludó al público que despertaba del engaño. Recordaron que los enanos, siempre hacen cosas infantiles. El hombrecito había caído sobre un colchón de espuma, especialmente camuflado en el suelo, con el que daba fin a su gran actuación. Lo aplaudieron hasta que desapareció tras el enorme telón rojo, salpicado de estrellas.

 Su compañera, como era costumbre, lo esperaba en la pequeña carpa azul ya casi lista para realizar el próximo número en la jaula de los leones africanos. Lo vio llegar y le regaló la sonrisa más tierna del mundo.

FIN

Manuel Urbina

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