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Cuentos personales 8

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Soy un elefante blanco. Soy el único entre miles de elefantes. Mis padres eran unos elefantes africanos normales. Cuando me di cuenta de mi color lloré mucho. No porque fuese de color blanco, sino porque comprendí la razón por la los otros elefantitos me rechazaban y se burlaban  de mí. Me decían "chupetón de coco", "leche cruda con trompa", "pizarra acrílica con patas", "mazamorra desteñida" y otros apelativos que me da vergüenza decirlos. A pesar de todo lo malo que me ocurrió debo confesar que siempre me sentí orgulloso de tener el color que tengo.

 Cuando crecí me llevaron a un hermoso palacio y tenía a cinco personas que se preocupaban por mí: un médico veterinario hindú, dos hermosas mujeres que me colocaban unos atuendos de seda y cuero con muchas piedras preciosas, un joven albino, igual a mí,  que se encargaba de mantenerme limpio y un  muchacho gordito que me traía la mejor comida del reino.

  A pesar de todas las comodidades que tenía no era feliz porque no podía ser libre. Recordaba los días cuando me sumergía en el río y llenaba mi trompa de agua y luego la lanzaba hacia los árboles en donde jugaban los monos. Recordaba los días en que la lluvia caía a montones sobre mi lomo; también, cuando los mosquitos jugaban a escaparse del batir mis enormes orejas. Extrañaba ese maravilloso concierto de sonidos que se producía al amanecer y al atardecer. Ahora tenía todo, pero no era feliz.

 Un día decidí escaparme y para mi mala suerte, me atraparon unos hombres blancos como yo. Me vendieron a un circo europeo y me pusieron en manos de un hombre malo llamado Rudus. Me obligaba a hacer unos movimientos extraños y tontos. Cuando me negaba me hincaba en los costados  con un objeto terrible de metal. Aprendí a  caminar en dos patas, a levantar la trompa al cielo y trompetear, también aprendí a llorar y a desplazarme diez centímetros a la izquierda y a la derecha.

 He vivido en este circo muchos años y claro que he pensado escaparme muchas veces, pero creo que si lo hago me podría ir peor. A lo mejor me atrapan unos cazadores más crueles y me llevan como el espectáculo de comida para los leones o quizá algo peor: que me enseñen a matar como lo hacen los seres humanos. Prefiero quedarme en este circo  y pasar mis últimos días contemplando las sonrisas inocentes de los niños, aunque ya he visto que esta inocencia va desapareciendo cuando les empieza a cambiar la voz. Menos mal que  aún hay muchos niños en el mundo y yo soy el único elefante blanco.

FIN

Manuel Urbina

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