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Cuentos personales: 4

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 El tigre había permanecido todo el día en lo alto del árbol. Nunca antes había sentido tanto miedo. La noche llegó con mucha lentitud y aún así el rayado animal no se atrevía a abandonar la poderosa rama que lo sostenía como si fuera una hamaca al revés. El miedo le hacía desconfiar de todo y constantemente movía la cabeza en todas direcciones. Era muy extraño, pues en otras oportunidades permanecía totalmente inmóvil confiado en la agudeza de sus sentidos, pero ahora una extraña sensación lo mantenía con el corazón acelerado. Todos los animales de la selva le temían, incluso los hombres que vivían a las orillas del Amazonas disparaban sus rifles a las partes altas de los árboles cuando escuchaban su rugido, sin embargo, ahora lo asustaba hasta el susurro del aire entre las hojas.

Había visto el miedo expresarse en las caras de los animales que había matado. Ahora entendía que el miedo anunciaba la presencia de la muerte. El tigre no quería cerrar los ojos porque temía que en ese instante podría ser arrastrado por aquella fuerza inefable que tanto le angustiaba. Por el contrario, sus pupilas se habían dilatado tanto que parecían dos lunas llenas en todo su esplendor. Su poderosa visión de cazador nocturno le permitía ver los detalles más insignificantes y ello aumentaba su miedo. Su fino oído le traía miles de sonidos que nunca antes había escuchado y los sentía como una amenaza inminente.

La noche había llegado con mucha lentitud y ahora parecía desear quedarse eternamente en ese lado de la selva. El tigre esperaba la llegada de ese instante grisáceo que surgía de las tinieblas y que encendía las voces de las aves que despertaban confundidas, pero el amanecer no llegaba y ello aumentaba su angustia infinita.

Quiso rugir con todas sus fuerzas para sentirse vivo, pero sintió su aliento congelado y su lengua rosada no se despegó del paladar. Sus terribles garras se negaban a mostrarse en toda su plenitud y apenas se asomaban temerosas. Nunca antes había sentido el peso de su redonda cabeza, sin embargo, ahora le parecía tan pesada como las tortugas gigantes que permanecían inmóviles en las riveras.

Su último aliento lo estaba abandonando y el pánico llegó en ese momento en que una poderosa fuerza lo empezó a absorber. El tigre cayó ingrávido y vencido; no se atrevía a luchar ni a defenderse. Creyó que su fin sería el mejor remedio para tanto miedo y tanta vergüenza. Su cuerpo iba cayendo entre las ramas como si fuera expulsado por los árboles hasta que cayó en el disparejo suelo cubierto por diferentes plantas y arbustos. En ese momento el afligido tigre despertó y vio, aún confundido, que todo había sido un fatal sueño.

Fin


Manuel Urbina
 

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