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Cuando los profesores no estamos a la altura de los alumnos

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La profesora  levantó la voz para decir:

-Les quedan veinte minutos para terminar la prueba.

Los ocho niños de quinto grado -excepto una-  parecieron no escuchar nada porque se encontraban muy concentrados escribiendo un cuento para después indicar  sus partes principales: inicio, nudo y desenlace.

Marisol  era la única niña que hacía mucho rato había terminado la prueba y se lo había hecho saber a su profesora Juanita.

- Ya terminé mi prueba, profesora.

Miró  a su alumna y pensó que  le estaba "tomando el pelo", pues nadie podía terminar en cinco minutos una prueba en donde se tenía que redactar un cuento cualquiera e indicar sus tres partes: inicio, nudo y desenlace.

Con una mirada de desaprobación y con un tono amenazante le contestó:

- Hoy no estoy para bromas, Marisol, sigue escribiendo.

-Ya terminé la prueba, profesora, -volvió a decir la niña-

-Entonces entrégamela y te advierto que te pongo cero si no está bien hecha, -dijo la profesora, seriamente.

Marisol, algo sorprendida, se levantó de la carpeta y se dirigió al escritorio donde la profesora había pensado seguir descansando los próximos veinte minutos y le entregó la hoja de la evaluación.

 La profesora miró la prueba durante unos segundos y habló:

- Te lo dije, Marisol, hoy no estoy para bromas. Esto no es lo que pedí. Tú no has hecho lo que se te dijo y yo te advertí que  te iba a poner cero y cero es la nota que te mereces.

Todos los niños levantaron la cabeza y miraron a la maestra y su compañera Marisol.

No podía ser, sabían que el curso que más le gustaba a Marisol era Literatura, cualquiera podía salir mal en Literatura, pero no Marisol.  Sabían perfectamente que su compañera prefería quedarse en el aula para leer sus cuentos y no salir al recreo, incluso muchas veces consiguió que sus compañeros se queden con ella como aquellas veces  que les contó: La pata del mono, En Suiza, Sredni Vashtar, Cordero Asado, La Guerra de Mostark, y otras más que había leído o que sencillamente se daba el gusto de inventar. Por  eso, no les era fácil aceptar  que Marisol tenga un cero en la prueba.

La profesora  sintió la mirada de sorpresa y quizá de desaprobación de  todos sus alumnitos y para justificar  el cero que ella había pronunciado con toda claridad, tomó la prueba y leyó el cuento en voz alta:

-Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Los niños esperaron uno segundos y, en coro, dijeron:

-Qué más, profesora.

Ella, con una sonrisa en los labios, que no pudo contener dijo:

-Nada más,  niños. Eso es todo lo que Marisol ha escrito, y, además, ha subrayado las partes de esta oración y ha colocado los elementos del cuento, pero esto no es un cuento, sino una simple oración, e inmediatamente lo exhibió para que todos lo vean.

Sus compañeros, no pudieron, por más que quisieron, dejar de reír y Marisol, sentada en su carpeta sentía un nudo en la garganta y en sus ojitos negros se asomaron unas lágrimas de indignación porque ella sabía que lo que había escrito era un cuento muy famoso y con muchos premios;  el cuento era más famoso que su propio autor por esa razón no podía recordar el nombre del autor.

(…)

Al día siguiente, muy temprano, el papá de Marisol fue al colegio  y se entrevistó con la profesora que sustentó la razón del cero  que le había puesto a su hija.

-Yo le pedí que redactara un cuento y que señalase las tres partes básicas de toda narración: inicio, nudo y desenlace, pero su niña me escribió una oración de siete palabras y luego subrayó sus partes, y no era lo que tenía que hacer, por eso obtuvo la nota que aparece en su prueba.

El papá de Marisol, tal como lo había pensado, la noche anterior se dio cuenta de que la profesora Juanita desconocía este cuento y su enorme relevancia en la literatura universal. Con voz calmada habló:

-Mire profesora, supongo que usted por desconocimiento a malinterpretado el cuento que escribió mi hija. Ella no ha tenido la intención de burlarse de usted o de sorprenderla, lo que ocurre es que el cuento se llama El dinosaurio y fue escrito por el guatemalteco Augusto Monterroso  quien es un maestro del cuento corto, tanto es así que este relato  ha merecido muchos elogios y premios. Augusto Monterroso ha sido acreedor del famoso Premio Príncipe de Asturias y otros tan importantes,  debido a sus narraciones breves  y de apariencia sencilla pero que están cargadas de referencias cultas y, además, de un manejo único de la parodia y el humor negro. Además, mi hija  ha indicado las partes de esta narración, tal como se les pidió en la prueba.  Por lo tanto, la nota que usted le ha colocado no es la que debería ser.

La profesora vio cruzar  por su mente una  serie de colores que nunca antes había  imaginado, sintió que su cabeza le pesaba más que nunca y empezó a sentir un extraño dolor en la base del cráneo; sentía que su respiración la paralizaba de pies a cabeza, hubiera deseado, en ese momento, que la tierra la tragase y desaparecer para siempre. Se sintió acorralada, atrapada, cercada, rodeada, encerrada, asida, sorprendida, desenmascarada, descubierta y, a pesar de todo, buscó algún argumento para justificar su ignorancia y, habló:

-Señor, lo que pasa es que a la niña se le  pidió que redacte un cuento –puso mucho énfasis en la palabra “redacte”- y mire lo que ha escrito. Esto es tan breve que no es una redacción, no es una composición, no es un… -quiso decir “cuento”-, por eso es que no le consideré… Los otros niños –continuó- han escrito más… casi media hoja… han escrito el cuento de la Caperucita Roja; otros, las fábulas de Esopo… y siguió  hablando y hablando  tan solo por el hecho de tener un aparato articulatorio o como diríamos coloquialmente “hablaba solo por tener boca”.

El papá de Marisol la miraba fijamente a los ojos, mientras la escuchaba y se dio cuenta de que para la profesora Juanita,  el verbo “equivocarse” no existía en su vocabulario. Observó que en esa profesora más podía el orgullo  y la soberbia y, por más argumento que diese, ella no daría su brazo a torcer.  La profesora  no  podía entender que la educación es un proceso de aprendizaje múltiple, en donde todos aprenden de todos y que los docentes tienen la oportunidad de enriquecerse a través de los aportes que los niños ofrecen desde sus  maravillosas perspectivas porque el aprendizaje es   permamente y conjunto.

El papá de Marisol sintió que estaba "arando en el desierto" porque nada la haría cambiar  su forma de ver la educación y verse a sí misma. Se despidió y pensó que el próximo paso era llamar inmediatamente a la psicóloga y pedir una cita para su hija y,  después, conversar con la directora del colegio.

Gracias por leer

Manuel

 

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